miércoles, 23 de noviembre de 2016


Si me voy antes que tú, no llores por mí ausencia, alégrate por todo lo que hemos amado juntos.
No me busques entre los muertos, en donde nunca estuvimos, encuéntrame en todas aquellas cosas que no habrían existido si tú y yo no nos hubiésemos conocidos.
Yo estaré a tu lado, sin duda alguna, en todo lo que hayamos creado juntos: en nuestros hijos, por supuesto, pero también en el sudor compartido, tanto en el trabajo como en el placer, y en las lágrimas que intercambiamos.
Y en todos aquellos que pasaron a nuestro lado y que, irremediablemente recibieron algo de nosotros y llevan incorporado – sin ellos ni nosotros notarlo – algo de ti y algo de mí.
También nuestros fracasos, nuestra indolencia, y nuestros pecados serán testigos permanentes de que estuvimos vivos y no fuimos ángeles sino humanos.
No te ates a los recuerdos ni a los objetos, porque donde quiera que mires que hayamos estado, con quien quiera que hables que nos conociese allá habrá algo mío. Aquello sería distinto, pero indudablemente distinto, si no hubiésemos aceptado vivir juntos nuestro amor durante tantos años, el mundo estará ya siempre salpicado de nosotros.
No llores mi ausencia, porque solo te faltará mi palabra nueva y mi calor de ese momento. Llora si quieres, porque el cuerpo se llena de lágrimas ante todo aquello que es más grande que él, que no es capaz de comprender pero que entiende como algo grandioso, porque cuando la lengua no es capaz de expresar una emoción, ya solo pueden hablar los ojos.
Y vive. Vive creando cada día y, más que antes.
Porque yo no sé cómo, pero estoy seguro de que, desde mi otra presencia yo también estaré creando junto a ti, y será precisamente en ese acto de traer algo que no estaba, donde nos habremos encontrado. Sin entenderlo muy bien, pero así, como los granos de trigo que no entienden que su compañero muerto en el campo ha dado vida a muchos nuevos compañeros.